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domingo, 23 de mayo de 2010

La Casa del Arbol, Gustavo "elbuscapie"

El colectivo que me regresaba a mi pueblo después de una vida devoraba los kilómetros con lentitud. Todo un día viajando habían hecho que mis 45 años comenzaran a pesarme. Para peor, la jornada era uno de esos días clásicos del verano de la pampa húmeda.
Por la ventanilla podía ver unas nubes que prometían derrumbarse en aguacero muy pronto y pensé que la lluvia es lo más cerca que a veces podemos estar del cielo.
Creo haber dicho que yo regresaba a mi pueblo luego de casi treinta años… esperaba encontrarlo igual: con sus calles de tierra, con sus pocas manzanas, con su club, con su idiosincracia…
Mi lugar se llama “Pujanza”, y como dije es un pequeño pueblo enclavado en una llanura enorme, caliente y húmeda que los mapas de primaria muestran como Pampa Húmeda. Seguramente los primeros colonos esperaban más de lo que hoy es, por eso el nombre…

Yo había nacido en un campo, propiedad de alguien que pocas veces aparecía por allí y que ni vale la pena tratar de recordar el nombre; mi padre, un paisano rústico y querible, hacía las veces de capataz de la estancia ganadera. Era respetado y obedecido por un puñado de peones que más tenían de voluntariosos que de capacitados.
Tuve una infancia feliz, no puedo negarlo. Mi ingreso a la escuela me había regalado a mis primeros amigos: Malena y Vicente.
Malena era una nena de mi edad, un poco gordita y de risa fácil. El hecho de estar creciendo sin una madre le parecía natural, aunque ahora y a la distancia me doy cuenta cuánta falta le hacía.
Vicente era el distinto, su padre tenía campos propios y eso le daba un aire de superioridad que a veces contrastaba con su natural inocencia. Aparte era dos años mayor que nosotros, lo que lo envestía de algún tipo de autoridad.
La infancia nos había regalado infinidad de momentos felices. Bueno, también tuvimos nuestras desavenencias, pero el tiempo tiende a suavizar algunos malos recuerdos y a convertirlos en risibles.

El colectivo seguía con su trajinar, entrando en cada caserío y en cada pueblo. A esa hora de la tarde, un calor sofocante y la proximidad de la tormenta hacían que el aire fuera irrespirable.
Yo sabía que mi pueblo no tardaría en aparecer como una mancha gris en medio del verde del verano…

Me acuerdo de un verano y me acuerdo de todos los veranos. La escuela dejaba paso a la libertad y tratábamos de devorarla a mordiscones. Un verano en especial, cuando mis diez años me otorgaron cierta habilidad manual; habíamos construido la casa junto a un viejo sauce, uno de los tantos que rodeaban mi pueblo. Habíamos conseguido madera y clavos, y con más ganas que facilidad levantamos la pequeña construcción bajo una cortina llorosa de hojas verdes.
Luego le hicimos unos banquitos y nuestra casa estaba lista para habitar. Nos pasó que después no sabíamos que hacer los tres dentro de ella y poco a poco y verano tras verano la fuimos abandonando.

El colectivo se detuvo y yo sabía que era la última parada antes de mi pueblo. Alguien subió y alguien bajó… vuelta a rodar con rumbo a Pujanza.

La niñez había dejado paso a la adolescencia, y con ella llegó es despertar. Ya Malena no era nena regordeta ni nosotros los mismos. Alrededor de los catorce me pareció ver que nuestra amistad cambiaba y que Vicente, mi amigo Vicente, era un competidor. Cualquier motivo era bueno para discutir, rivalizar y mostrar finalmente orondos nuestra victoria o esconder lo más rápido posible la vergüenza de la derrota..
Yo sabía que pasaría, sí que lo sabía. Y también supe que pasaba el día que los dos de la mano me lo confirmaron. Ese fue el día que decidí que mi pueblo me quedaba chico y que mis diez y siete años eran suficientes para buscar mi destino en otros lados.
Pocos día después, un colectivo resoplón me alejaba de Pujanza y yo no me daba cuenta que en realidad no era una partida sino el comienzo del regreso…

Por fin paró, por fin pude pisar de nuevo mi pueblo. Como dije, una vida me había llevado volver; una vida, unas vidas, ciudades, destinos, amores y otros cuerpos.
El pueblo estaba igual y to ahora no sabía para qué había vuelto. Caminé desde el parador al club bajo un cielo ya decididamente negro. Entré y un deja vú me regaló la misma visión de años atrás. Luego alguien me reconoció y vino a saludarme, luego varios vinieron, luego la mesa y el vaso, luego la charla…
Todo seguía más o menos igual, todo había cambiado. Vicente, me contaron, se fue de Pujanza el año siguiente de mi partida y ahora era abogado en alguna ciudad grande. No quise preguntar por Malena, pero las respuestas llegaron solas y terribles. Todo se había derrumbado, viejos y nuevos dolores se presentaron, la incertidumbre, el no saber… que se yo. Malena ahora vagaba por las calles de Pujanza a merced de quien tuviera la caridad de darle algo de comer o mejor, una moneda para un alcohol de dudosa calidad. Me advirtieron, me contaron; no quise creer. Salí a buscarla.
No me dio mucho trabajo encontrarla… en realidad nadie puede tardar en encontrarse en un pueblo de pocas manzanas… Me quedé quito, algo me partía en dos y las visiones se mezclaban, una angustia de años y tantas veces ocultada volvió. Ela me reconoció y no hizo más que bajar la cabeza, no se si de vergüenza o por tratar de ocultar sus ropas viejas y sucias. Una mano se disparó a sus cabellos todavía rubios en un intento femenino y desesperado por cuidar su aspecto. Ella estaba volviendo y yo la abracé. Por suerte el cielo fue piadoso y las primeras gotas no la dejaron ver mis lágrimas.
Me dijo que todo había pasado, y que todo había quedado, y que todo la habían hecho, y que todo la había deshecho. Me dijo si y no, yo ya no sabía que decir ni que decía. Una mano me guió hasta el borde del pueblo, hasta el viejo sauce, hasta la vieja casa del árbol.
Tuve que encogerme para poder entrar, pero quise morir cuando descubrí que contrariamente a lo que sucede con nuestros recuerdos infantiles, la casa del árbol era más grande de lo que yo recordaba. Todo estaba intacto, todo estaba…

“Todo lo conservé, es lo que fuí y lo que quiero ser”, me dijo. Afuera la tormenta que se hacía noche… adentro el destino que me había ido a buscar...



Perfil de Gustavo en Taringa: http://www.taringa.net/perfil/115486

sábado, 22 de mayo de 2010

Esperando, Guido Balbiano

Él era otro más que buscaba algún tesoro u a la postre objeto sin valor que, pasara lo que pasara tras su descubrimiento, hasta el momento de la verdad era un posible hallazgo que cambiaría a la humanidad. Así lo era el Santo Grial, así lo era la caja de Pandora.

Algunos la habían realmente buscado, siempre sin éxito, de los cuales sólo pocos prefirieron transcribir sus experiencias a algún derivado del papel. Otros optaron por ser ficticios y ser acompañados por un troglodita al que nombrarían Argos para que un tal Borges contara lo pasado otorgándole el crédito a un tal vez también ficticio Pope.

Algunos la buscaban en forma de río o arroyo. Otros, entre los cuales él se creía ubicar, preferían imaginársela dando vueltas en el ciclo sin fin de una fuente.

El agua era la misma, con las mismas propiedades, con la misma capacidad de permitirle vivir eternamente a quién la bebiese.

Él se sentía capaz de ser el primero que encontrase la Fuente de la Juventud. Estaba de acuerdo con la idea de una fuente, aunque no con lo de juventud, el ya estaba pasado en años para eso. No era una edad tan avanzada, pero la conservaría por siempre de tener suerte.

Una seguidilla de indicios lo llevó hasta ese lugar. Como quien busca un tesoro pirata, comenzó con un mensaje secreto escrito con las letras mayúsculas en la Carta Magna y terminó con una lengua muerta transcripta en la piedra más recóndita del castillo más oscuro de las colinas de Escocia.

Atravesó tantas culturas para llegar ahí que ya no podía decir exactamente dónde estaba. Volver iba a ser otra odisea.

Poco a poco se adentró en una estructura rocosa, reinada por el calor, la humedad y la falta de aire. Escaleras, pasillos sinuosos, y lo que parecía ser otro laberinto además del que tenía vagando a sus neuronas en su cabeza. Sólo lo reconfortaba la fuente al otro lado de Dios sabe cuál de todas esas paredes.

Su lengua comenzó a tomar una consistencia parecida a la de las piedras a su alrededor, tal vez menos húmeda. Tal vez era otra alucinación, pero creyó poder ver su cara reflejada en uno de los muros, como si éste fuese el más claro de los espejos. Esa grieta era el contorno de su nariz, aquel hueco era uno de sus ojos, esa gotera… sus lágrimas.

Trató de secarse sus mejillas, pero no había qué secar. Rápidamente comprendió y utilizó el pozo de su boca para recolectar el agua cayendo. Su sed se fue saciando poco a poco, más allá del asco que eso le pudiera causar.

Recobró las fuerzas que parecían perdidas para tratar de salir de ese lugar que parecía no ser finalmente el camino correcto. La falta de una salida lo corroboraba. La entrada sería su improvisada salida.

Comenzó a caminar, pero no recordaba el camino llevado a cabo. Al cabo de una o dos horas sus piernas dejaron de responder y se tiró al piso. No supo cuánto tardó en quedarse dormido ni cuánto más en despertar.

Pudo volver a caminar, pero no tardó en darse cuenta que estaba dando vueltas hasta llegar a ese mismo lugar.

Decidió quedarse acostado ahí, mirando el techo que cada vez se parecía más a las paredes y al suelo. Tal vez le habría venido bien la compañía de Argos. Se dormía intermitentemente esperando a que un sueño le revelara la salida.

219 años después sigue esperando.

domingo, 16 de mayo de 2010

El sueño no soñado, Matías García

Un día me levanté, paralizado, por lo que estando somnoliento todavía escuchaba. Mis oídos tibiamente se iban empapando de esas palabras y mi conciencia paulatinamente las iba incorporando a mi sueño. Al despertar, sentí una confusión que radicaba desde mi alma y que llenaba de preguntas los silencios que en ese momento abundaban ¿habrá pasado? –me pregunté repetidas veces- y mientras mi divagada mente acaparaba todo mi tiempo, alguien se acercaba despacio y me hablaba constantemente, yo, en cambio, la miraba con los ojos perdidos en el firmamento y dispuestos a encontrar la pieza que faltaba.

-¿Qué pasó? –Le pregunté a esta persona-
-Nada ¿Qué pasa que estas tan obnubilado? –Contestaba frunciendo el seño de preocupación-
-Es… que me pasó algo raro nada más
-¡Que te pasó no me asustes! –Con un tono de exacerbada exageración-

Recuerdo que comencé un relato explicando cómo se fusionaba el sueño con esos raros sonidos que escuché y que, por algún motivo, creía que pasaron de verdad. Lo más raro de todo es que su cara en ningún momento cambio la facción de sorpresa, todo instante escuchaba cada oración y tomaba el relato como un hecho que pudo haber pasado, pero que simplemente me dio a entender que no. Sentía, luego de esa respuesta, que por fin había castrado a mi intriga, que el enigma había sido deshilachado. Pero aun así la sensación siguió siendo irremediablemente amarga. Para no dejarlo con la intriga recuerdo haber contado esto:

"Recuerdo estar sentado a la orilla de mi cama, lentamente me paraba y comenzaba a caminar hacia el living. Toqué finamente la mesa redonda de pino, y mientras la palpaba la recorría circularmente. Recuerdo también que la mesa no tenia sillas puesto que al intentar sentarme me caí con tal crudeza que, en el sueño, sentí un gran dolor. Pero no fue impedimento para mí, seguí recorriendo el living y entré a la cocina por una puerta que estaba caminando por un pasillo angosto y un poco largo. En el camino veía cuadros de pintores famosos plasmados en las paredes, es decir sin sus respectivos marcos, estaban pintados directamente en la pared. No me llamó mucho la atención porque sentía que era mi propia casa. Seguí desfilando por ese camino tapizado con una alfombra de rojiza hasta llegar a la puerta. Me paré frente a ella y suspiré como si el tracto me hubiese agitado un poco. La abrí y por fin entré a la cocina. No hay mucho que describir sobré ella, sobre la pared de frente a mí había una cocina, una mesada y sobre ella una alacena. Sobre una de las paredes laterales había un armario de dos metros –en donde calculo que se guardaban alimentos no perecederos- y frente a esta misma pared la heladera. No entendía mucho que hacía ahí, así que decidí abandonar este lugar y continuar con mi recorrida. Salí de la cocina, por la misma puerta por donde entré y caminé por ese mismo pasillo. En el medio del camino encontré otra puerta. Recuerdo que en ese momento estaba más confundido porque no la había visto antes. Pero no hice caso a esto. Divisé arriba un cartel con letras en inglés (eso cría en el sueño pero eran letras inexistentes), que, a mi entender, decían TENGA CUIDADO, inexplicablemente eludí dicho aviso y decidí entrar. Me sorprendió, y hasta me horrorizó lo que vi, era a primera vista un poco de sangre que se difuminaba a mis pies, y mientras iba levantando la cabeza el rastro de sangre se hacia más intenso. Me sentía un poco preocupado por la tonalidad degradé que tenía el piso por la sangre y por eso, seguí caminando mirando la sangre desde su nacimiento hasta donde llegase el mismo. Continué y, ciegamente, continué. En un momento el rastro se terminó y hacia adelante no había nada, me llamó la atención que finiquitara justo ahí sin que hubiese algún cadáver o algo por el estilo. Miré detenidamente acercando cada vez mas mi cara y de repente una gota rojiza cae del cielo en mi nariz. Empecé a levantar la mirada y con esa encandiladora luz que bloqueaba mi vista, distinguí lentamente un cuerpo que parecía haberse colgado de un tirante. El cadáver violentamente goteaba más y más, y sobre mi rostro las gotas rojizas de sangre caían y caían. Intenté ver la forma de trepar hasta este cuerpo y saber quién era, pero no encontré escalera. Vi que al costado mío unas enredaderas se aunaban a la pared misma, cosa que me permitía subir y, así, aferrarme hasta ese tirante. Trepé y trepé, cada gota de sudor que lagrimeaba por mi cuerpo valía el precio de la intriga. Hasta que llegué al tirante incrustado en la pared tardé mucho, no sé cuánto, pero era bastante. Me aferré a este con firmeza y comencé a recorrerlo, poco a poco las astillas se clavaban pero poco me importaba. “Ya está, estoy cerca” –dije en el sueño. El cuerpo estaba a tan solo un metro –calculo, no sé, pero pienso que era muy poco- y trato de verle la cara, pero a simple vista no puedo. Me acerqué más y más y con mis manos intenté correrle la cara. Y vi ese rostro que tanto ansiaba verlo. Era yo."

Lo crónica de mi suicidio estuvo por una semana en la tele.


Perfil de Matías en Taringa: http://taringa.net/perfil/926948

sábado, 15 de mayo de 2010

Sombras, Gonzalo Figueroa

La ventana abierta dejaba entrar las gotas de lluvia, y daba lugar a la temblorosa luz de una noche más de soledad, que iluminaba la cama deshecha, y la mitad de una solitaria mesita de luz que parecía solo querer encontrarse con su otra parte. Sólo en un ricón del triste cuarto, se encontraba con su cabeza en sus manos el único hombre que supo realmente amar; casi se podía escuchar su lamento. Las manos anilladas del hombre no paraban de refregarse con su pelo negro ondulado, con un movimiento muy sutil y devastador, era como si no se entendiese, como si fuera otra persona intentando de comprender su propia vida. Esto siguió unos instantes hasta que levantó la cabeza, y con los ojos más tristes y mojados que una persona pudiera llegar a tener, clavó su mirada en un punto fijo en la pared, como si no existiera nada mas alrededor suyo excepto ese punto, y en voz muy baja pronunció dos palabras que resumían su vida. Después de un rato de lamentarse por todo lo que había pasado, sintió una ola de optimismo y se levantó decidido a ir a caminar bajo la lluvia, sin propósito alguno, solo para caminar y sentir las gotas en su cuerpo.

Ni bien abrió la puerta para salir, sintió el frío de todas sus penas convertidas en gotas heladas de una lluvia que el creía inspiradora, pero a pesar de eso, salió. En su cabeza lo único que pasaba eran pensamientos del pasado, pensamientos de ella, y pensamientos de la lluvia. Solo se podía concentrar en esas dos cosas, nada más; ni siquiera sabía donde estaba yendo. De repente y sin razón alguna empezó a caminar cada vez más rápido, ya casi sin pensar en nada, solo en la lluvia. Se lo veía feliz de alguna bizarra manera. Empezó a correr, nada le impedía que haga nada, y se dio cuenta que a pesar de todo, era una persona libre, libre de hacer lo que se le de la gana y nadie lo iba a molestar por ello; nunca se había sentido así en su vida, no podía parar de correr, cada vez mas rápido, cada vez menos triste. Las gotas impactaban en su cara con una fuerza inigualable, pero él seguía adelante, porque sabía que eso era lo que tenía que hacer. Llegó hasta el río donde solo una baranda de metal lo separaba de lo que en ese momento el creía ser su destino, lo sentía como solo como una extensión del agua que brutalmente caía sobre él. Empezó a subir los escalones de la baranda, y cuando llegó al último, alzó sus brazos en el aire y miró al cielo, fue uno de los momentos mas intensos de su vida, fue cuando se dio cuenta que el amor era un vaga ilusión de lo que se piensa que es la felicidad ajena. Otra vez repentinamente y otra vez sin razón alguna sintió la necesidad de volver al departamento. El camino de vuelta fue bastante incómodo, quería llegar cuanto antes, ya tenía muchos pensamientos en su cabeza. Irónicamente, llegó casi corriendo para mojarse menos. Abrió la puerta y se dirigió derecho al baño, se seco el pelo y se cambió de ropa.

Pero cuando volvió a su cuarto comprendió algo, al ver de vuelta la ventana abierta dejando entrar agua, al ver su cama deshecha y su velador iluminados por la luna, comprendió que a pesar de su maldita libertad, no estaba bien, algo le faltaba, y un sentimiento de soledad invadió su cuerpo dejándolo mas desolado que nunca, ya casi haciéndolo olvidar lo que había sentido hacía un rato, comprendió que todavía la amaba de una forma desesperante.

Sin importarle las consecuencias y con este profundo sentimiento de soledad y dolor, abrió un armario del cual sacó una misteriosa cajita que el creía ser la única forma de aliviar su dolor. Miró por largos minutos esta caja, sin sacar sus ojos de ella y sin moverse ni un poco, pero la dejó a un costado y volvió al baño. Se lavó la cara repetidas veces y con las manos muy temblorosas. Volvió a la mesa de su cuarto, donde había apoyado la solución a sus problemas. Se sentó en una silla que hacía juego con la mesa, y con sus manos todavía mojadas sacó un raro artefacto de dentro de la caja, un artefacto que parecía un juguete sombrío. Sin pensar mucho y con un movimiento brusco se levantó de la silla y se llevó el juguete a su cabeza, sus manos temblaban cada vez mas fuerte, y se podían ver las gotas de sudor pasando por sus anillos. Con el ceño fruncido y los ojos fuertemente cerrados, se escuchaba su respiración cada vez más fuerte y agitada; esto duró hasta que casi por arte de magia abrió los ojos, su cara se relajó completamente, y mirando el punto en la pared (su foto) volvió a pronunciar con melancolía las dos palabras que resumían su vida:
- Te amo.
Después de eso lo único que se escucho fue el silencio ensordecedor de la foto de ella volviéndose roja, dejando otra alma detrás de su misteriosa forma de ser.

Tal vez fue muy joven para hacer que un buen amor funcione, o tal vez estaba un poco loco, pero a mi me gusta creer que fue una persona tan pasional, que no pudo con sus propios sentimientos que supuestamente lo tendrían que haber hecho feliz.


Perfil de Gonzalo en Taringa: http://taringa.net/perfil/1704874

domingo, 9 de mayo de 2010

Silencio, Ianos

Silencio. Como el silencio de alguien que acaba de recibir una terrible noticia, como el silencio en el instante del primer beso de un adolescente, como el silencio tan solitario y profundo que solo puede experimentar una persona que ha sido enterrada viva, solamente, silencio.

Falta una hora, ya firmé todos los papeles, toda la burocracia que se requiere para una operación de tal magnitud. Firma acá, firma allá, iniciales, aclaración, DNI, todo lo necesario para eximir de toda culpa por si algo sale mal. Pero, ¿Qué importa?, la única razón por la que accedí en un principio es porque no tengo nada más que perder.

De acuerdo con el señor Graham la operación consiste en inhibirme de mis cinco sentidos, según él (y su "confiable" grupo de colegas científicos) un hombre sin acceso o manera de percibir estímulos podría percibir la presencia de Dios, según él, los sentidos nublan nuestra conciencia de la eternidad, y sin ellos, este "hombre" podría comunicarse con Dios mediante el pensamiento.

-Sr Curtis, ¿está listo?, la operación comenzara dentro de unos pocos minutos
-Sí, estoy listo -la voz del señor Graham me tranquilizó lo suficiente como para responder.
-Muy bien, por favor acuéstese, las enfermeras lo llevaran al quirófano.

El quirófano es, tristemente, ya sea si la operación salga bien como si no, el último lugar que veré, tristemente también, es la menor de mis preocupaciones. El cirujano me coloca la máscara de anestesia y me pide cordialmente contar hacia atrás desde diez; diez, nueve, ocho, siete... y silencio, simplemente, silencio.

Día 1:
La operación fue un éxito, luego de catorce horas, se logró dañar toda conexión entre el sistema nervioso periférico y el cerebro. El sujeto de prueba se encuentra ahora dormido, y aunque conserva sus funciones musculares, no puede ver, oír, saborear, oler o sentir. Durante el transcurso del experimento, serán monitoreados sus signos vitales.

Día 4:
El sujeto de prueba se encuentra despierto. Luego de tres días sin cambios, el sujeto presenta una bipolaridad emocional repentina y describe leves “sonidos” como si provinieran de un lugar lejano.

Día 8:
El sujeto presenta una pérdida significativa del sueño, al iniciarse el experimento el sujeto dormía ocho horas diarias, ahora duerme solo tres. Además, la polisomnografia ha mostrado terrores nocturnos en la etapa de sueño REM (algo extremadamente raro, ya que comúnmente se presentan en el sueño no REM).

Día 9:
El sujeto está perdiendo contacto con la realidad, describe voces inentendibles susurrando dentro de su cabeza, posiblemente, la perdida de sentidos le haya inducido psicosis.

Día 10:
El sujeto ha dejado de dormir, no sabemos cuánto tiempo más podrá seguir en este estado. Además, señala que las voces se empiezan a clarificar, pero que aún no forman sentencias coherentes.

Día 11:
El sujeto está experimentando un profundo estado de depresión, pero ha aportado un dato interesante, el sujeto, entre lágrimas, afirma haber escuchado la voz esposa, fallecida ya hace dos meses, y mejor aún, afirma haber podido establecer comunicación directa con ella, aun así, la mayoría de nosotros duda de la veracidad de este hecho.

Día 12:
El sujeto ha hecho una afirmación perturbadora, comenzó a nombrar personas y hechos de cada uno de los integrantes del equipo, entre ellas mi padre, el doctor Edward Graham, fallecido hace ya dieciséis años. Mis colegas y yo hemos tomado la decisión de dar por terminado el experimento, ya ha ido demasiado lejos, que Dios se apiade de la pobre alma del Sr Curtis.

Silencio total, absoluto, es lo que cualquier persona común nunca desearía o podría experimentar, es lo que más necesito ahora; ¿Cuánto tiempo paso desde la operación?, ¿días, semanas, meses?, ¿estoy vivo, o simplemente algo salió mal y deje de existir?, ya ni siquiera puedo escuchar mis propios pensamientos, las voces, cientos de miles de voces me lo prohíben. ¿Sera Dios, un ser único, todopoderoso, o solamente voces dentro de nuestra cabeza, que no podemos escuchar, no hasta que perdemos todos nuestros sentidos, ya sea mediante un compleja operación, o mediante la muerte misma? ¿Quieren saber cómo me siento en este momento?, imagínense a ustedes mismos solos en una habitación, pero..., no realmente.


Perfil de Ianos en Taringa: http://www.taringa.net/perfil/ianos

sábado, 8 de mayo de 2010

El Sexo no Basta, Gregori Daratrazanoff


-Si sabía que esto iba a ser sólo sexo, no te hubiera dicho que sí… -murmuró la desnuda joven, mientras se levantaba de la cama para buscar a tientas su ropa.

Su amante rió roncamente, y giró para admirar el trasero de la muchacha.

-Supiste desde el comienzo, que iba a ser sólo sexo, ma chérie. Unos buenos polvos y nada más- a juzgar por la voz, ella pudo imaginárselo abriendo sus brazos- Recuerdo que vos misma lo sugeriste…- completó mientras estiraba un tatuado brazo hacia la mesa de noche, buscando sus cigarrillos Marlboro Light.

La castaña chica lo miró con el entrecejo levemente fruncido, expresión que le concedía una mirada cargada de odio a sus ojos esmeralda. Él tenía razón, ella había dicho eso, pero porque estaba desesperada con tenerlo entre sus piernas, y habría accedido a lo que fuera con tal de ello. Maldijo ese momento con todas sus fuerzas.

Sin decir una palabra, salió de la habitación con dirección al baño, para darse una ducha. Escuchó como él se ponía de pie, y salía lentamente tras ella, como una serpiente. Estaba exhausta. Le temblaban las piernas, y le ardía un poco la piel, en aquellos lugares donde había sido mordida con fruición. Como cada vez que tenía sexo con ese bastardo. Su mejor amante. Su peor pesadilla.

Abrió la canilla y dejó el agua correr, esperando a que llegara a la temperatura justa. ¿Por qué seguía haciendo esto? No lo entendía. Era algo completamente masoquista, seguramente. Pero aún así, muy en lo profundo de su ser, era algo que disfrutaba. Cada uno de los orgasmos que él le había dado fueron los mejores de su vida. No lo iba a negar.

Se miró al espejo, no había podido hallar su ropa, y seguía desnuda. Como a él le gustaba, sin nada que ocultar debajo de una barata tela. Acomodó su cabello, que apenas le rozaba los omóplatos, y suspiró. Si no hacía algo pronto, estaría condenada. Condenada a sufrir como una perra. Y vaya que había sufrido bastante durante toda su vida como para que un hombre la hiciera sentir así.

-¿Hay lugar para uno más, chérie?- era esa voz tranquila, grave, masculina, que ella reconocía a la perfección desde el vano de la puerta.

Giró su cabeza hacia él, y lo vio mientras la devoraba con la mirada. En sus ojos negros sólo podía ver deseo, puro y animal. Quizá esta era su manera de pedirle disculpas por lo que había dicho pocos segundos antes. O quizá, simplemente quería más. Él siempre quería más.

¿Acaso necesitaba esto? Un hombre con el cual compartía la cama, y nada más. Ni siquiera conocía a su familia, simplemente, algo de su pasado, algo tan insustancial como lo que ella le había dicho de sí misma: su nombre, su trabajo, y bueno, sus posiciones favoritas a la hora de tener sexo.

Para su relación lo último, quizá era más que suficiente.

La joven sonrió, y dejó que el gesto llegara a sus ojos, una sonrisa completa, de ésas que sabía que a él tanto le gustaban.

El hombre gruñó roncamente, y se acercó a ella, tomándola por la cintura y besándola de manera apasionada, casi salvaje, dando estocadas en su boca, mientras recorría el cuerpo que ya conocía de memoria con sus manos hábiles.

Necesitás esto. Lo necesitás a él. Necesitás poseerlo en este momento. ¿Realmente lo necesitaba?

Lentamente la chica se dejó arrastrar a la ducha, donde el agua caliente -no más que ellos- los acogió, cayendo incesantemente mientras él la giraba, enfrentándola a la pared, penetrándola por detrás. La joven cerró los ojos, y separó sus labios, ya lo podía sentir, el leve cosquilleo que precede al orgasmo. Las manos de él la recorrían de arriba abajo, prestando especial atención a sus senos, y a su clítoris.

Demonios, no podía aguantar más, iba a explotar. Y así lo hizo, explotó en mil pedazos, voló hasta los cielos entre mil colores y volvió mientras él aceleraba su ritmo. Ya no soportaba más. Literalmente, estaba muriendo ahogada en un mar de sexo. Nunca pensó que se iba a sentir así.

A los pocos segundos, él acabó, llenándola con su cálido ser. No se retiró de su interior hasta que pudo acompasar su respiración, lo cual fue unos pocos minutos después.

-No puedo seguir así- comentó ella con voz frágil, mirándolo mientras él echaba el rostro hacia atrás, para humedecer su renegrido cabello.

Ninguno de los dos aún estaba por completo recuperado de la brutalidad de los orgasmos, y eso era evidente en sus respiraciones.

-¿Así cómo?- sus fijos ojos oscuros la observaban a través de la cortina de agua que aún los cubría.

-Así. No quiero esto, no necesito esto.

Él alzó las cejas con descreimiento.

-¿No necesitás esto? Querida, cualquier mujer cuerda necesita lo que yo te doy- pronunció mientras enjabonaba su propio cuerpo, cubierto parcialmente por tatuajes sobre los músculos bien definidos.

-¡Mierda! No necesito que me cojas como si fuera un animal, necesito algo más, algo que nunca tuve, ni con vos ni con nadie- contestó ella saliendo de la ducha. Buscando un lugar seguro bajo una toalla blanca.

Esperó unos segundos por una respuesta, pero no la obtuvo. Volvió a la habitación dejando humedad por todo el piso.

Nunca debió haber confiado su cuerpo a ese bastardo insensible. No quería pensar que se estaba enamorando de él. No. Ella se había jurado a sí misma jamás amar a nadie en su vida. No quería sufrir como todas las mujeres de su familia, destinadas a morir solas y rodeadas de gatos, creyendo en príncipes azules, que al final resultaban ser grises tiranos.

No. Ella sería diferente, o al menos lo intentaría.

Encontró su pantalón de mezclilla detrás del sofá y se lo puso. Escuchó como la ducha se detenía y la cortina se descorría. Las cosas habían llegado a su fin, podía sentirlo muy dentro de ella.

-Lo siento, no debí haberte tratado así... -comentó él con algo similar a la culpa en sus ojos, algo así como la mirada de un perro que sabe que hizo sus necesidades en la alfombra persa. Se había envuelto con otra toalla, cubriéndose la parte baja de la cintura.

-Te equivocás. Yo permití que me usaras solamente para el sexo, y durante un buen tiempo, eso era suficiente para mí, pero ahora, ahora me doy cuenta que no me basta.

-¿Yo no te basto?- la mirada de perro arrepentido se identificó, y ella tragó saliva discretamente. No podía pensar que lo estaba lastimando.

-Mira, no es que tú no seas suficiente, es que esto...-buscó una manera sutil de continuar- lo que sea que pasa entre nosotros no me sirve, no me llena. Pero ambos accedimos a esto, ambos decidimos jugar el todo por unos buenos polvos- ella sonrió de lado, mientras se ponía la remera de Black Veil Brides que usaba bastante seguido.

-¿Estás terminando conmigo?- la interrumpió él.

-No puedo hacer otra cosa que ponerle fin a algo que, que me hace mal, estuve pensando como una estúpida, pensando acerca de vos y de mi, no sólo en la cama, sino como... Como una pareja, y me aterra haber siquiera imaginado eso, porque sé que no estamos hechos para eso. Estamos demasiado hechos mierda como para tener eso.

El silencio precedió los pasos de él, que se ubicó detrás de ella para tomar sus hombros entre las manos.

-¿Acaso vos decidiste eso? ¿Qué no podemos ser como los demás? Dejame decirte algo querida. Te equivocás. Tenemos algo que mucha gente siquiera soñó con tener. Tenemos una conexión, algo que va más allá de la carne -sonrió apaciblemente-. Sé cómo te gusta tu café, puedo descifrar lo que pensás tan sólo observando el rictus de tus labios, reconozco tus enfados, y tus caprichos. Sos una mujer completa, una mujer fascinante y hermosa, y te abriste a mí. Desde que estoy con vos, no estuve con otra, ¿sabías eso?- sonrió con ternura cuando ella lo negó- Lo supuse, seguramente pensabas que iba de cama en cama, usándote como a una puta, ¿no?- la muchacha no tuvo necesidad de decir que eso era exactamente lo que pensaba, pues él la conocía demasiado-. Pues no, somos una pareja, te guste o no, estamos juntos. Y mal que mal, eso es lo que me ha mantenido de pie todo este tiempo. Estos... estúpidos encuentros furtivos, estas salidas improvisadas, que siempre nos hacían terminar en un motel, para morir en los brazos del otro. Las esperaba como un loco. Te esperaba como un loco... ¡Carajo si eso no te basta no sé qué mierda esperas de mí! -su voz era un susurro, rayando en lo agresivo, pero él jamás alzaba la voz. Y así la derretía.

-Quiero que por una puta vez desde que me conocés, me hagas el amor, y no me des sexo. Quiero sentirte como nunca te sentí, quiero eso, no pido mucho-la chica sonrió débilmente luego de decir esto, y se deshizo del contacto del hombre con un simple paso-. Pero sé que no me lo vas a dar, sé que no puedo aspirar a algo que jamás conoc...

La frase hubiera sido todo lo dramática posible si él no la hubiera interrumpido con un profundo beso. Uno de ésos que jamás le habían dado, y que sólo sucedían en las películas.

-Pensé que nunca lo pedirías ma chérie. Aunque, cada vez que te poseo, te hago el amor, te hago el amor como nunca se lo hice a nadie, como nunca lo volveré a hacer… Pensé que te bastaba tan sólo el sexo, y me hacía feliz darte placer, mientras moría de pena al verte partir por las mañanas...- su confesión era de una ternura inmensa, y ella creyó que le estaba jugando una broma.

Ése no era el hombre que la daba vuelta como un carrusel. No. Ése no era él. No podía ser. ¿Acaso, acaso él también necesitaba eso? Sería tan sólo cuestión de probarlo. Cuestión de dejarse llevar en otro ámbito que no fuera la cama. Intentar aunque sea fingir ser una pareja, pero algo le decía, que sí.

Que lo eran, y que lo amaba, o al menos amaba al hombre que la estaba mirando en ese preciso momento. Amaba la posibilidad que tenía ante sus ojos. La chance de ser feliz. Quizá también de sufrir mucho, pero ¡carajo! Lucharía por sonreír al lado de él como se merecen dos personas que se aman.

-No me jodas...- murmuró ella mientras hundía sus labios entre los de él.

El hombre río pícaramente.

- Esta vez, no te jodo, lo prometo. Esta vez, haremos el amor...- contestó mientras la tomaba en entre sus brazos para llevarla a la cama. El lugar donde con una lentitud infinita, cumplió su promesa.

lunes, 3 de mayo de 2010

Un fenómeno inexplicable, Leopoldo Lugones

Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de aquellas colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo, las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta simpatía. vino en mi auxilio.

-Conozco allá -me dijo- un señor inglés viudo y solo. Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor. Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones, siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su casa más allá del dormitorio donde instala a sus huéspedes, muy escasos por otra parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted quiere una carta de recomendación...

Acepté y emprendí acto continuo mi viaje, llegando al punto de destino horas después.

Nada tenía de atrayente el lugar. La estación con su techo de tejas coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo a la derecha, su pozo a la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado por bolsas de trigo. A raíz del terraplén, la pampa con su color amarillento como un pañuelo de yerbas; casitas sin revoque diseminadas a lo lejos, cada una con su parva al costado; sobre el horizonte el festón de humo del tren en marcha, y un silencio de pacífica enormidad entonando el color rural del paisaje.

Aquello era vulgarmente simétrico como todas las fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera otoñal. Algunos colonos llegaban a la estafeta en busca de cartas. Pregunté a uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo de referirse a mi huésped, que se lo tenía por hombre considerable.

No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más allá, hacia el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta gallardía exótica entre las viviendas circundantes; su jardín al frente; el patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado.

En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña desierta, aquella casita, no obstante su aspecto de chalet industrioso, tenía una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un antiguo cementerio.

Cuando llegué a la verja, noté que en el jardín había rosas, rosas de otoño, cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano, crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la pared, con su cabo enteramente liado por una guía de enredadera.

Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no sin cierta impresión vaga de temor fui a golpear la puerta interna. Pasaron minutos. El viento se puso a silbar en una rendija, agravando la soledad. A un segundo llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría, con un ruido de madera reseca. El dueño de casa apareció saludándome.

Presenté mi carta. Mientras leía, pude observarlo a mis anchas. Cabeza elevada y calva; rostro afeitado de clergyman; labios generosos, nariz austera. Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias supercialiares, equilibraban con una recta expresión de tendencias impulsivas, el desdén imperioso de su mentón. Definido por sus inclinaciones profesionales, aquel hombre podía ser lo mismo un militar que un misionero. Hubiera deseado mirar sus manos para completar mi impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.

Enterado de la carta, me invitó a pasar, y todo el resto de mi permanencia, hasta la hora de comer, quedó ocupado por mis arreglos personales. En la mesa fue donde empecé a notar algo extraño.

Mientras comíamos, advertí que no obstante su perfecta cortesía, algo preocupaba a mi interlocutor. Su mirada invariablemente dirigida hacia un ángulo de la habitación, manifestaba cierta angustia; pero como su sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas furtivas nada pudieron descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino una distracción habitual.

La conversación seguía en tono bastante animado, sin embargo. Tratábase del cólera que por entonces azotaba los pueblos cercanos. Mi huésped era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber encontrado en mí uno del gremio. A este propósito, cierta frase del diálogo hizo variar su tendencia. La acción de las dosis reducidas acababa de sugerirme un argumento que me apresuré a exponer.

-La influencia que sobre el péndulo de Rutter -dije concluyendo una frase-, ejerce la proximidad de cualquier substancia, no depende de la cantidad. Un glóbulo homeopático determina oscilaciones iguales a las que produciría una dosis quinientas o mil veces mayor.

Advertí al momento, que acababa de interesar con mi observación. El dueño de casa me miraba ahora.

-Sin embargo -respondió- Reichenbach ha contestado negativamente esa prueba. Supongo que ha leído usted a Reichenbach.

-Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he ensayado, y mi aparato, confirmando a Rutter, me ha demostrado que el error procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dio con ella el ilustre descubridor de la parafina y de la creosota.

Aquí, sonrisa de mi huésped: prueba terminante de que nos entendíamos.

-¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, o el perfeccionado por el doctor Leger?

-El segundo -respondí.

-Es mejor. ¿Y cuál sería, según sus investigaciones, la causa del error de Reichenbach?

-Esta: los sensitivos con que operaba, influían sobre el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y efecto, exigían que la oscilación aumentara en proporción con la cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran individuos nada versados por lo común en especulaciones científicas; y quienes practican experiencias así, saben cuán poderosamente influyen sobre tales personas las ideas tenidas por verdaderas, sobre todo si son lógicas. Aquí está, pues, la causa del error. El péndulo no obedece a la cantidad, sino a la naturaleza del cuerpo estudiado solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad mayor influye, aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma a Rutter. Desaparecida la alucinación...

-Oh, ya tenemos aquí la alucinación -dijo mi interlocutor con manifiesto desagrado.

-No soy de los que explican todo por la alucinación, a lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La alucinación es para mí una fuerza, más que un estado de ánimo, y así considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que es la doctrina justa.

-Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí a Home, el medium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74. La alucinación no basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...

-Permítame una pequeña digresión -interrumpí, encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones sobre el personaje-: quiero hacerle una pregunta, que no exige desde luego contestación, si es indiscreta. ¿Ha sido usted militar?...

-Poco tiempo; llegué a subteniente del ejército de la India.

-Por cierto, la India sería para usted un campo de curiosos estudios.

-No; la guerra cerraba el camino del Tíbet a donde hubiese querido llegar. Fui hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud, regresé muy luego a Inglaterra; de Inglaterra pasé a Chile en 1879; y por último a este país en 1888.

-¿Enfermó usted en la India?

-Sí -respondió con tristeza el antiguo militar, clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.

-¿El cólera?... -insistí.

Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre mí, vagamente. Su pulgar comenzó a moverse entre los ralos cabellos de la nuca. Comprendí que iba a hacerme una confidencia de la cual eran prólogo aquellos ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la oscuridad.

-Fue algo peor todavía -comenzó mi huésped-. Fue el misterio. Pronto hará cuarenta años y nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué decirlo? No lo hubieran entendido, creyéndome loco por lo menos. No soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer falleció hace ocho años, ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no he tenido hijos. Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de comprenderme.

Me incliné agradecido.

-¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted a conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.

El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas a su castellano un tanto gramatical . Los incisos adquirían una tendencia imperiosa, una plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.

-En febrero de 1858 -continuó- fue cuando perdí toda mi alegría. Habrá usted oído hablar de los yoghis, los singulares mendigos cuya vida se comparte entre el espionaje y la taumaturgia. Los viajeros han popularizado sus hazañas, que sería inútil repetir. Pero, ¿sabe en qué consiste la base de sus poderes?

-Creo que en la facultad de producir cuando quieren el autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes...

-Es exacto. Pues bien, yo vi operar a los yoghis en condiciones que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar las escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La alucinación resultaba, así, imposible, pues los ingredientes químicos no se alucinan... Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido siempre audaz, y luego no estaba entonces en situación de apreciar las consecuencias. Puse, pues, manos a la obra.

-¿Por cuál método?

Sin responderme, continuó:

-Los resultados fueron sorprendentes. En poco tiempo llegué a dormir. Al cabo de dos años producía la traslación consciente. Pero aquellas prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa mezclada a mi vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la curiosidad. Estaba en la pendiente y ya no podía detenerme. Por una continua tensión de voluntad, conseguía salvar las apariencias ante el mundo. Mas, poco a poco, el poder despertado en mí se volvía más rebelde... Una distracción prolongada, ocasionaba el desdoblamiento. Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía a ser algo así como una afirmación del no yo, diré expresando concretamente aquel estado. Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa lucidez, resolví una noche ver mi doble. Ver qué era lo que salía de mí, siendo yo mismo, durante el sueño extático.

-¿Y pudo conseguirlo?

-Fue una tarde, casi de noche ya. El desprendimiento se produjo con la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la conciencia, ante mí, en un rincón del aposento, había una forma. Y esa forma era un mono, un horrible animal que me miraba fijamente. Desde entonces no se aparta de mí. Lo veo constantemente. Soy su presa. A donde quiera él va, voy conmigo, con él. Está siempre ahí. Me mira constantemente, pero no se le acerca jamás, no se mueve jamás, no me muevo jamás...

Subrayo los pronombres trocados en la última frase, tal como la oí. Una sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en efecto, una sugestión atroz.

-Cálmese usted -le dije, aparentando confianza-. La reintegración no es imposible.

-¡Oh, sí! -respondió con amargura-. Esto es ya viejo. Figúrese usted, he perdido el concepto de la unidad. Sé que dos y dos son cuatro, por recuerdo; pero ya no lo siento. El más sencillo problema de aritmética carece de sentido para mí, pues me falta la convicción de la cantidad. Y todavía sufro cosas más raras. Cuando me tomo una mano con la otra, por ejemplo, siento que aquélla es distinta, como si perteneciera a otra persona que no soy yo. A veces veo las cosas dobles, porque cada ojo procede sin relación con el otro...

Era, a no dudarlo, un caso curioso de locura, que no excluía el más perfecto raciocinio.

-Pero en fin, ¿ese mono?..., pregunté para agotar el asunto.

-Es negro como mi propia sombra, y melancólico al lado de un hombre. La descripción es exacta, porque lo estoy viendo ahora mismo. Su estatura es mediana, su cara como todas las caras de mono. Pero siento, no obstante, que se parece a mí. Hablo con entero dominio de mí mismo. ¡Ese animal se parece a mí!

Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin embargo, la idea de una cara simiesca formaba tan violento contraste con su rostro de aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo absurdo de la alucinación.

Él notó perfectamente mi estado; púsose de pie como adoptando una resolución definitiva:

-Voy a caminar por este cuarto, para que usted lo vea. Observe mi sombra, se lo ruego.

Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa hasta un extremo del comedor y comenzó a pasearse. Entonces, la más grande de las sorpresas me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada sobre el rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de madera clara, parecía una membrana, alargándose y acortándose según la mayor o menor proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento alguno bajo las incidencias de luz en que a cada momento se encontraba el hombre.

Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura, resolví desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio de un experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta pasando un lápiz sobre el perfil de la sombra.

Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro migas de pan mojado hasta conseguir la más perfecta adherencia posible a la pared, y de manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la hoja. Quería, como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara y su sombra (esto saltaba a la vista, pero el alucinado sostenía lo contrario) el origen de dicha sombra, con intención de explicar luego su inmovilidad asegurándome una base exacta.

Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un poco al posarse en la mancha sombría, que por lo demás diseñaba perfectamente el perfil de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz Hardtmuth azul, y no despegué la hoja concluido que hube, hasta no hallarme convencido por una escrupulosa observación, de que mi trazo coincidía perfectamente con el perfil de la sombra, y éste con el de la cara del alucinado.

Mi huésped seguía la experiencia con inmenso interés. Cuando me aproximé a la mesa, vi temblar sus manos de emoción contenida. El corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.

-No mire usted -dije.

-¡Miraré! -me respondió con un acento tan imperioso, que a pesar mío puse el papel ante la luz.

Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata, un hocico bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!

Y conste que yo no sé dibujar.

domingo, 2 de mayo de 2010

Ciclo, Giancarlo Sereni


Cuando me desperté estaba rodeado de caras que aún seguían tristes. Me acomodé un poco sobre la cama y respiré hondo para comprobar que aún vivía. Que raras somos las personas a veces. Respiramos para comprobar que estamos vivos. Ja! Como si supiéramos lo que nos espera en el más allá.
Me reincorporé, le puse una mano en el hombro a mi má y le dí un beso en la cabeza.

- Tranqui má, unos mates te van a levantar un poco el ánimo. Te los hago como te gustan. Así, con un poquito de cáscara de naranja y 2 gotitas de chuquer.

Entonces fui a la cocina y puse la pava sobre el fuego. Mientras el agua adquiría temperatura me encargué de quitar un pequeño gajito de naranja. ¡Como le gusta el mate con naranja a la vieja!
Me acuerdo que el año pasado, cuando al viejo le agarró varicela, tuvo que cuidarlo por un mes entero. Su único cable a tierra fueron mis guitarreadas en el jardín acompañadas con unos buenos verdes con cascara de naranja. En esos momentos la vieja, si estaba con ánimos, se tiraba en el pasto con los ojos cerrados. ¡Que cara más dulce má!

¿Te acordás el ante año? ¿Cuando nos fuimos con el viejo a córdoba a visitar a la tía? ¡Que viajecito! Se nos quedó el auto llegando a Calera y tuvimos que esperar 4 horas a los sinvergüenzas de la grúa. ¡Un bajón!
Lejos de eso, la pasamos muy bien tirándonos unos chapuzones en el río. Que gracioso era verlo al viejo haciendo la plancha!

Cuando tenía 10 años, mi mamá se enojó mucho conmigo el día que le cambié las pastillas al abuelo por confites súper ácidos. Si bien fue muy gracioso verle la cara toda chupada a ese viejo cascarrabias el pobre calló muy enfermo a la semana siguiente. A veces mamá me lo recuerda cuando, con la vista ida, recuerda al abuelo.

Sin embargo, dos años antes del cambio de pastillas, el abuelo era un tipo diferente. No protestaba tanto y jugaba más conmigo. Me parece que cambió su actitud cuando se enteró que tenía que ir más seguido al hospital. ¿Y quién no lo entendería? Yo prefiero comer el pescado que hace mi hermana a tener que ir cada dos días al hospital.

- A ver a ver... ¿Cuantos años tiene ese nene?
- ¡Azí! - dije levantando tres dedos.
Grave error, no aprendía de mis errores. La tía Nora me levantaba y me apretujaba contra sus pechos de goma espuma. Luego seguían mis cachetes y, finalmente, las marcas de pintalábios azul.

Qué cálida está tu panzita má. Acá se siente muy bien. Pero, ¿vos estás bien?. ¿Estás preocupada por algo? ¿Por qué le estás dando al mate con naranjas? No aguanto más este lugar, quiero salir a conocerte.


sábado, 1 de mayo de 2010

Testamento, Texi


En un viejo pueblo del sur, un señor se anotó en una caminata solitaria en la montaña. Alto y de cara impávida, vestido formalmente con un perfecto traje negro y una corbata a juego, escribió su nombre sobre el papel del registro y se largó hacia el camino.

Al anochecer, el hombre no había vuelto. Preocupados, los guardabosques decidieron buscarlo en la oscuridad del monte. Tras largas horas de trabajo, finalmente hallaron su cuerpo, rígido y sereno, dentro de las frías nieblas de la cumbre.

Se armó un gran revuelo ya que nadie sabía quién era ni a qué había venido. Unos días más tarde del hecho, se presentaron las autoridades de la ciudad investigando la repentina desaparición del difunto. Al parecer, era un escritor de gran renombre que se había escapado de su hogar.

La policía identificó al cadáver y en su rutinaria búsqueda de evidencias encontraron en el registro de visitantes una página suelta, escrita a mano, en la que se leía:

- Nadie reconoce a los escritores hasta que mueren.


domingo, 25 de abril de 2010

Acá se habla espaniol, Santiago Figueroa


"¿Que será de mi sin ella, que viviré añorándola?
¿Dónde iran mis sueños, mi cariño?
Hoy me siento extraño, sin su compañía. ¿Cuánto habré de extrañarla, hasta que regrese?"


El poeta Iñaki dejó caer la pluma sobre su escritorio añil. Se sentía muy apenado por la decisión del tribunal, tanto que esa mañana supo llenar su pañuelo de lágrimas, y se le fueron las ganas de beber de aquel vino añejo que tanto le gustaba, y en cambio optó por el jugo de manzana y piña combinados. Cada vez que pensaba en la soledad que lo esperaba de ahora en adelante a la hora de escribir, más y más se sumía en su tristeza.

¡Rogaba al Señor una decisión de último momento, una comunión de las almas que se vea iluminada, repentinamente, sufriendo en la asfixia de la ignorancia. ¡Que se dejen de niñerías, y que respeten la letra sagrada! La que está en todas partes y no podemos ver, pero la escuchamos, ¡Y la escribimos! Seremos pocos en el planeta, ¡Pero somos muchos!

Hace añares que algo era escandalosamente cierto: La letra ñ permanecía víctima de la persecución de todo intelectualoide neoliberal del idioma (una manga de ñoños, según Iñaki). Era obvio que solo se trataba de mecanismos de defensa implementados por un puñado de carroñeros gusanos de escritorio que, con el riesgo de parecer viejos conservadores, prefieren pasar por arriba de años de cultura y justificar acciones impuras.

¿Pero que probabilidades tenía Iñaki de que sus plegarias sean escuchadas?
Prácticamente ninguna. Las que había se fueron por el caño en el mismo momento en que el editor lo llamó para confirmarle que ya era ilegal publicar títulos incluyendo la maldita letra. ¡Qué acto ponzoñoso!

Y ahora Iñaki quedaba condenado al placer insoportable de escribir poesías en soledad, que nadie leerá, y que algún día dejarán de estar permitidas, en la China y en el mismísimo trópico siberiano, alrededor del globo, donde todos tienen aún sus letras especiales menos nosotros, los que hablamos el sucio español, olvidado y renegado, en el último peldaño de la escalera.

Iñaki escribe entonces:

"¿Que será de mi sin ella, que viviré añorándola?
¿Dónde irán mis sueños, mi cariño?
Hoy me siento extraño, sin su compañía. ¿Cuánto habré de extrañarla, hasta que regrese?"

Twitter de Santiago: http://twitter.com/codigomorton

sábado, 24 de abril de 2010

Arroyo, Mariano De María


Un día, en su departamento de Nueva York, un empresario argentino se levanta, va al baño, se mira en el espejo y piensa en un arroyo. Luego, va hasta el aeropuerto y se toma un avión a Buenos Aires. Una vez en Ezeiza, consigue un taxi y llega hasta Aeroparque donde toma un vuelo charter hasta Córdoba. Averigua en la terminal y se sube a un micro que lo lleva hasta La Falda. Desde ahí sigue el camino a pie hasta llegar al arroyo.

Cuatro piedras se encuentran flotando sobre el agua y son la única manera de cruzarlo. El empresario se acerca y pone un pie en la primera piedra, un pie en la segunda y cuando quiere pasar a la tercera se da cuenta que no puede porque hay una persona enfrente de él, con sus pies en las otras dos piedras.

- ¿Qué haces? –pregunta el empresario.
- Trato de llegar a Nueva York –responde la persona.




domingo, 18 de abril de 2010

El atardecer del último bandido, Demian


Pidió que lo dejen solo, estaba herido de muerte y lo sabía, pero les dijo que estaba bien que buscaría un médico y se ocultaría un tiempo. La banda tuvo que aceptar el pedido de su jefe, no había tiempo para discusiones, la gendarmería les pisaba los talones. Ellos huyeron al galope hacía el escondite, él ordenó a su caballo la dirección contraria, sabía que la recompensa era por su cabeza.

Al salir de la ciudad se internó en la llanura. La sangre negra le empapaba la camisa y parte del pantalón y se mezclaba con una de otro color, era la de su caballo quién a penas podia mantenerse en pie. Lo hizo detenerse, se bajó, quitó las monturas, le dio un poco de agua, lo hizo recostarse mientras lo acariciaba, nunca maté a nadie y justo te tengo que matar a vos, le dijo y jaló del gatillo. Acarició a su compañero una vez más y siguió caminando dificultosamente y tomándose con una mano la cintura. Se sentía muy cansado y el frío ya había usurpado casi todo su cuerpo, excepto su alma, que lo hacía caminar hacia un árbol que vio en el horizonte.

Se recostó sobre el árbol, se quitó el sombrero y lo puso sobre su pecho, desenfundó su arma y la arrojó bien lejos. Tomó de su bolso una libreta y escribió “Le pido de corazón al que me encuentre que me entierre bajo este chañar y que nunca nadie sepa de mi cuerpo sin vida”. Dejó la libreta a un costado y se dispuso a disfrutar su último atardecer pampeano. Cuando cayó la noche ya estaba muerto.

Lo encontraron dos peones, vieron la nota e investigaron sus pertenencias. Encontraron un libro, bigotes falsos, unos lentes y documentos con distintos nombres: Manuel Bertolatti, José Amaya y Julio Blanco. ¡Es él! Exclamó uno de los peones. Cumplieron con lo solicitado en la libreta y enterraron el cuerpo del bandido bien profundo, junto con lo que hallaron a su lado, exceptuando la pistola que uno de los peones tomó y afirmó en su ajustado cinturón.

Días más tarde el peón se apareció en una de las oficinas de La Forestal y apuntando con la pistola del bandido de los pobres dijo en voz alta: "Disculpe señores, vengo a sacarles lo que a ustedes les sobra".


sábado, 17 de abril de 2010

Quién quiere ser millonario, Matías Bob


El sorteo se realizaba cada viernes a las diez de la noche. Pero el ritual comenzaba los martes, a más tardar los miércoles si algo raro pasaba en el trabajo o con Doña Tita y su eterno problema de ciática (cuando no era la gota o la hipertensión).

El ritual consistía en elegir los números, aunque no sé si “elegir” es la palabra apropiada; Los números eran (desde siempre) los mismos: el dos, el siete, el quince, el veintitrés, el veinticuatro, el treinta.

A pesar de que no puedo asegurarlo (nadie puede asegurar lo que pasa dentro de la cabeza de las personas) estoy convencido de qué él creía ver señales inequívocas que el destino le enviaba.

Su técnica era sencilla de implementar aunque no tan fácil de explicar. Digamos que durante los dos o tres días previos al sorteo se enfocaba en buscar a su alrededor señales que le marcaran los números sagrados.

Por ejemplo, si el sorteo caía un viernes ocho no le prestaba atención, pero si el sorteo caía un viernes veintitrés, encontraba que esa correspondencia era demasiada coincidencia: debía jugar al veintitrés. Si durante la semana le hacían trece pedidos de tubos, nada ocurría; Pero, si los pedidos eran quince, una alarma saltaba en su cerebro: allí estaba el quince, dispuesto a jugar a su favor.

Hubiera sido interesante conocer el origen de la selección de aquellos dígitos. Si tienen o tuvieron algún sentido, si fueron escogidos al azar, si son la clave de algún oscuro secreto de su pasado, si algún dios (o incluso El Dios) se los había dictado al oído mientras dormía.

Si alguien se lo hubiera preguntado, él no hubiera sabido precisar de dónde venían.
Tan sólo repetiría que era el azar el que cada semana se los dictaba.

Aquella semana vió dos palomas volando sobre su cabeza el martes; el miércoles quince de setiembre su madre, Doña Tita, cumplía años; setiembre tenía treinta días; el mismo miércoles por la noche soñó con las pirámides, una de las siete maravillas; el jueves, apenas llegar a su despacho, recibió una llamada que le confirmaba el pedido de dos docenas de palets de cerámicas de mármol; Ese mismo jueves, mientras hacía zapping antes de acostarse, se detuvo en un canal que televisaba una biografía de Michael Jordan.
Era el canal diez.
Eran las once y cinco de la noche.
Y en la tele, Michael Jordan usaba el número veintitrés.


Aquella semana tendría algo diferente a las semanas anteriores y a las que vendrían.

Nada fuera de lo común ocurrió hasta el viernes a las nueve de la noche, hora del sorteo. Doña Tita llamó diariamente para recordarle sus obligaciones de hijo, su esposa le preparó el almuerzo y también la cena, su jefe lo obligó a quedarse después de la hora de salida para completar los formularios de algunos pedidos de último momento y tuvo que llevarse trabajo a casa para completarlo durante el fin de semana, como cada los viernes.

Llegó casi sobre la hora del sorteo, más tarde que de costumbre, así que tuvo que preparar las cosas a las apuradas.

Su mujer antes le dejaba todo preparado: la copa, el brandy, la cigarrera con los puros, las cerillas...

Pero hacía mucho que había dejado de hacerlo, ahora era él quien buscaba cada elemento y los colocaba en la posición que correspondía, sobre la mesa. ¿De qué serviría todo? ¿La búsqueda, el gasto de comprar el extracto, la esperanza, si se fallaba en ese último momento? Las cosas debían hacerse como siempre se hacían.

Pero, ya lo mencionamos, algo cambió aquel viernes. Encendió la radio en la cadena habitual, allí estaba la voz del locutor de siempre, con el discurso de siempre, diciendo las cosas de rigor, fecha, número de sorteo, disposiciones legales, etecé, etecé. Luego unas pequeñas palabras de los anunciantes, claro. Y entonces sí. El sorteo.

Era sólo por ese segundo, por ese silencio que se abría antes de que se cantara la primera cifra que se mantenía vivo. Era sólo en ese instante cuando se sentía vivo.
Y generalmente aquella sensación maravillosa duraba apenas hasta que la primera bola lo desengañaba. Y su esperanza rápidamente se reacomodaba enfocándose en el viernes siguiente. Pensando qué señal no había observado, qué paso no se había realizado a la perfección, qué había fallado en el rito...

Pero ese día no ocurrió nada de eso. Ese día la primera bola fue su bola.

No sintió nada durante unos segundos, levantó la vista buscando confirmación en la mirada de su mujer pero ella no estaba cerca. El locutor repitió el número, repitió su número. Quiso reír pero sólo se dibujo una sonrisa en su rostro. Eso no significaba nada. Nada de nada. Esperar, esperar. Algo raro le pasaba en el pecho, parecía que algo lo ahogaba. ¿Qué era esa extraña sensación? Segundos después comprendió: Debía volver a respirar.

Una profunda bocanada de aire se extendió por sus pulmones. Si no seguía vivo de nada serviría todo aquello.

El sorteo no daba tregua y aquel puntazo de desesperanza que no llegaba, también tenía la segunda cifra.

De repente, imágenes aparecieron a la velocidad de la luz delante de sus ojos, la realidad visible se transformó en una mancha blanca y sólo prestaba atención a su mirada interna. Imágenes del futuro, de futuros posibles, de él humillando a su jefe y al jefe de su jefe, de él librándose de su esposa, de una casa blanca y brillante en una pradera verde y desierta.

Mientras, el sorteo seguía pero la casa blanca no se iba; También tenía el tercer número y la casa blanca ahora estaba en su estómago, pero ya no era una casa blanca y brillante, si no una mancha blanca y brillante que comenzaba a crecer, a devorarlo desde dentro.

Como un gran agujero negro (sólo que blanco) que transformaba todo en vacío. Ya estaba lanzado, ya estaba convencido de que ganaría el sorteo, ni siquiera necesitaba la confirmación de los tres números siguientes.

Cantaron el cuarto, que también era el suyo y el terror por la desilusión y la felicidad por la posibilidad ya no importaban, ahora era otra cosa lo que comenzaba. Algo incómodo (y muy físico) que venía desde abajo avanzando como un rayo a través de su espalda. Y ahora veía a su hermano viniendo desde Pasadena a visitarlo, a su madre vestida de fiesta en un salón iluminado, a decenas de hombres de traje esperando sus decisiones, a su esposa en un coche descapotable con un hombre veinte años más joven, a sí mismo comiendo manjares exquisitos en un comedor gigantesco e impecable un viernes por la noche...

Cuando escuchó el quinto número tuvo un instante de lucidez y supo que, en el fondo, no quería ganar, que no soportaría ganar. El vacío, la mancha blanca ahora invadían todo. Creyó sentir a su mujer detrás suyo, expectante, pero no estaba seguro, la realidad era muy difícil de percibir ahora.

Ella sí que soportaría el premio, ganar los liberaba a ambos; A él, hacia el infierno y a ella, hacia el paraíso.

Y entonces fue consciente de su egoísmo y se regocijó en el. No quería el bien para nadie más que él mismo. El no quería ganar, el sólo quería jugar. Y esto, señores, esto es jugar en las grandes ligas pensó.

Aún faltaba un número y deseó, deseó con todas sus fuerzas que ese número no fuera el veintitrés.

Su vida era asquerosa pero así y todo, era mejor de lo que sería si ganara. Si ganaba, todos ganaban, menos él.

Deseó con su toda alma, deseó con todo su cuerpo, hasta que en la radio cantaron el sexto.


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domingo, 11 de abril de 2010

Colapso, Giancarlo Sereni


- ¡Pero si sólo dije que tu pelo estaba un poco… alborotado! ¡No podés ponerte así!

Pero no escuchó. De un portazo se fue de casa. Atravesó la avenida. Llegó a la plaza. Se sentó y esperó. La sal recorrió su cara y, luego de 30 minutos exactamente, se fue hacia el subte. Salió de él y, acto seguido, caminaba por la vereda. El sol aún goteaba suaves copos de calor.

Estaba decidida. Tomó la golden con firmeza y atravesó el salón de belleza.

- Quiero algo nuevo. Diferente. Improvise, pero quíteme este desastre.

Sólo 25 minutos después el cielo espió sus ojos verdes. El pobre innato casi parecía sonrojarse. Su nuevo look la hizo sentir rara. No sabía si le gustaba, pero sabía que estaba distinta y, por ahora, eso estuvo bien.

Hermosa y soberbia caminó una, dos y tres cuadras. Altiva contemplaba a sus rivales. Inferiores por supuesto. Acabadas y vulnerables, no como ella, casi las veía arrodillarse cuando las penetraba con su mirada.

No obstante, su irritación brotaba. Nada saciaba su sed de gloria. Quería ser la única. Quería más, necesitaba más. Pisotear las sobras de la belleza mundana. Giró sobre sus talones y contempló una vidriera. Nuevamente, con la golden en mano, atravesó las murallas de vidrio. Se ausentó en un probador y al salir nuevamente a la vereda, lo hizo sin las bolsas de sus compras.

Su nuevo mini vestido negro (por demás corto), suave e impenetrable, cautivaba las miradas, exageradamente excitadas, de los hombres y la envidia, sin lugar a dudas, de las mujeres. Eso era lo que necesitaba. Miraba a todos de reojo, ahora buscaba desplazarse entre esas masas de carne con total naturalidad, como si su cuerpo fuera la piel más fina del viento.

Sus leves contoneos marcaban dos segundos exactamente. Todos a su alrededor estaban sincronizados con su ritmo. En tic tac hipnótico.
Tuvo el impulso de reírse de todos, pero eso delataría su sencilla y forzada naturalidad. Así que, sin más, continuó caminando. Sentía que la miraban, sentía ser la dueña de sus sueños. La vanidad la deseaba.

Fue entonces que, cuando se acostumbró al rol de diosa, comenzó a temblar. Puso sus manos sobre su cara y cayó al suelo. Rendida, lloró para purgar su alma y todo se desvaneció. Su ropa, su cabello, su perfume. Nuevamente en aquella plaza. Sola, sentía el pecho compactado. Como si su alma hiciera un terrible esfuerzo por deslizarse por un embudo.

Unos brazos rodearon suavemente su cuello y sintió el peso de alguien posándose sobre su espalda. Abrió rápidamente sus verdes ojos. Durante un minuto contuvo la respiración hasta que, lentamente, soltó un suspiro cargado de espesas penas. Volvió a cerrar los ojos, esta vez suavemente, como entregándose a la nada. Se aferró a uno de los brazos y sonrió.

sábado, 10 de abril de 2010

Regreso a las Fuentes, Santiago Figueroa


Hace años que no escribo un cuento con lapiz y papel.

-De hecho lo estás haciendo con lapicera.

¿Quién habló?

-Yo, a quién portás como garrote. A ver si aprendés de una vez a sostenerme.

¡Pero vos...!

-¿Qué, no tengo derecho a tener opinión propia? Me la paso repitiendo las teorías de otros, los teléfonos de cualquiera... Nombres y apellidos de gente olvidable. ¡Y que embole cuando dibujo esos cubos irregulares... ¡Tenés menos matriz que Cypher!


Perdoname, el que piensa las historias soy yo. Vos solo sos...

-¿Solo? ¿SOLO? Disculpe usted, fabricante de estrellas... ¿Cree acaso, que si mi especie no lo hubiese ayudado en sus años mozos, si mis antecesores no hubiesen estado ahí para usted, en la primaria, cuando recién escribía sus primeras letras... dominaría quizás al menos una parte decente de la escritura?

No me lo puse a pensar...

-¡AH, NO SE LO PUSO A PENSAR, MIRÁ VOS! ¡ES HORA, QUERIDO! Estoy harta de ser la bailarina en la oscuridad, danzando en un papel barato, escribiendo cosas que no me interesan sin poder opinar sobre ellas! ¡Y ni siquiera me utiliza para una pieza literaria, no escribo gritos ni susurros de nadie, no uso frases de amor ni retrato pánico y locuras de ningún simpático personaje! ¡Soy un objeto, un maldito objeto burocrático!

Tranquilizate, no quise herirte... Es solo que... Ustedes no están pensadas para acompañarnos mucho tiempo, de hecho son descartables. Se acaba la tinta y...

-¡Con más razón! ¿No comprendés aún que la vida es un milagro? Antes del fin de mis días me gustaría ser, al menos, quien ayudó a escribir la novela más famosa de todos los tiempos. Tipo “Las alas del deseo carnal”, o “el romance de Alec y la farolera”... O al menos un poema decente, que se yo... Que salga en el diario del barrio, al lado del anuncio de la carnicería. ¡Algo, che! Iba a presentarte esta rapsodia en agosto, pero justo se te ocurrió ponerte literario y creí que era el mejor momento.

No hay drama, pero me lo podrías haber dicho mejor...

-Disculpame che. Pero dale en serio, vamos a escribir algo juntos. ¿Qué se te ocurrió?

No me acuerdo. Con toda esta charla me agarró bloqueo. ¡Nos vemos luego!

-No, no, esperá... ¡ESPERÁ!

...

-¡Se durmió! ¡Tiene los ojos bien cerrados el desgraciado! ¡Y me dejó sola! ¿Sabés qué? ¡Andate con tu teclado, andate! ¡TOCALO COMO LE GUSTA, TODA LA NOCHE!
...
Par de degenerados...
Ya vas a venir a anotar una dirección! ¡VAS A VER COMO ME SECO!


Twitter de Santiago: http://twitter.com/codigomorton

domingo, 4 de abril de 2010

Sin que nadie se de cuenta, Pablo Boyé


Sin que nadie se dé cuenta

El asunto ya de por sí era complejo, pero jamás rechazaste un trabajo y no ibas a hacerlo ahora. “Sin que nadie se dé cuenta” te habían dicho. Nunca te habían pedido algo así y eso te aterrorizó. Si el asunto ya de por sí era complejo, esas palabras lo hicieron aún más. Quizá pensaron que a una persona como vos no te iba a resultar difícil, confiaban en tu experiencia y en tu audacia, en tu talento y en tu responsabilidad, no por nada sos el mejor en lo que hacés.

Tuviste que decir que sí, que no había problema, que lo resolverías y que iban a quedar satisfechos, que sos un profesional, de los mejores, el mejor de todos sin duda. Ellos no sabían pero por dentro esas palabras te quemaban el cerebro, te apretaban ahí donde se unen el cuello y los hombros, te estrujaban el estómago y te pateaban en ese lugar en el que tanto te duele. “Sin que nadie se dé cuenta”. ¿Podía ser posible? ¿En verdad habían dicho eso y te lo habían dicho a vos? ¿Qué necesidad había? No habías escuchado mal, aunque por un momento lo dudaste, pensaste si no lo habías alucinado, si no era efecto del vodka; quisiste preguntarles si realmente te habían dicho eso pero te lo repitieron antes de que pudieras hacerlo, “sin que nadie se dé cuenta”, ahí estaban otra vez esas palabras para desestabilizarte.

Por un instante pensaste en salir corriendo y desaparecer, dejar que ellos se encargasen de sus propios caprichos, mandarlos al diablo y a otra cosa. Pero igualmente aceptaste. Estaba en juego tu reputación, tu nombre. Tenías poco tiempo y lo sabías, te lo habían dicho, tenía que ser “hoy a la noche” y “sin que nadie se dé cuenta”. ¿Por qué lo repetían? ¿Por qué te hacían sufrir? ¿No se daban cuenta de que cada vez que pronunciaban esa frase un frío punzante te atravesaba la espalda? Parecía tan sencillo decirlo, decírtelo. Y no se daban cuenta de que esa cláusula lo estropeaba todo. Que el asunto fuera complejo no te afectaba, siempre eran complejos los asuntos, pero no te afectaba, porque sos el mejor. Pero esa frase era una ola que destruía tu universo construido con arena mojada. ¿Y qué podías hacer? Ya habías dicho que sí y no tenías mucho tiempo, ¿dos horas como mucho?, ¿tres, quizá?

Cuando tomaste tu viejo impermeable y saliste a la calle ya era casi de noche. Los faroles de las veredas parecían comprender tu temor. La primera gota que viste caer y destrozarse contra el suelo casi te hace llorar, pero a medida que empezaron a caer más y más te diste cuenta de que lo masivo hace que lo individual pierda su esencia y te echaste a reír como un idiota. Te extrañaste porque vos no sos un tipo sentimental y mucho menos reflexivo, y hasta donde vos creías tampoco eras un idiota. Pero desde que saliste de aquel edificio no eras el mismo. La lluvia era intensa y fría pero te ayudaba a mantenerte atento.

Llegaste a la esquina y te tomaste el primer colectivo que pasó o quizá el segundo, lo importante era despistar, no se tenía que dar cuenta nadie. Tal vez la mirada de asco que te dirigió la señora del primer asiento te sobresaltó, pero cuando viste tu barba mal afeitada en el reflejo del vidrio comprendiste su repulsión. Tu cabeza era una maraña de posibilidades y sabías que estabas navegando por aguas desconocidas. Tenías miedo pero a la vez lo disfrutabas, tenías que armar todas las piezas y trazar un plan perfecto. Seguramente fuiste enumerando uno a uno los pasos que debías seguir, estableciendo un orden lógico y cronológico imposible de romper, una matemática inquebrantable. Sos incapaz de escuchar un disco y no escuchar todos sus temas en el orden en que están predispuestos, o de leer dos libros a la vez. Sos preso de tu obsesión y eso es tu virtud y tu defecto. Todo para vos tiene que ser perfecto. Perfecto. Pero esta vez era distinto, “sin que nadie se dé cuenta” te habían dicho, eso era lo principal.

Tocaste el timbre luego de la octava parada y te bajaste en la novena. Ya en la vereda, miraste en todas direcciones y quizá te hubiese llamado la atención que las calles estuvieran vacías si no estuviese lloviendo, pero llovía a cántaros. El mal tiempo podía ser un excelente aliado ya que el tiempo de reloj no lo era.

Caminaste unas cuadras en cualquier dirección como un turista perdido, aunque tu ropa no era la de un turista. Tomaste un taxi y luego otro colectivo, quizá también viajaste en subte y deambulaste unas calles más para por fin llegar a donde tenías que… lo importante era que no se diera cuenta nadie, y eso te aterraba.

Entrar al edificio no te fue difícil, apuesto a que jamás te costó hacerlo. Podrías lograrlo con los ojos cerrados y las manos atadas, de eso estoy seguro. Tu padre te enseñó todo o casi todo lo que sabés y lo que aprendiste a perfeccionar, y por eso no dudo que entrar a un edificio no sea una tarea complicada para vos. Una vez adentro observaste en todas direcciones y no viste a nadie, de momento todo iba saliendo bien. La tormenta te ayudó cortando la luz del edificio, o quizá lo hiciste vos, pero decir que fue la tormenta da un tono más místico al asunto, tal vez lo tomaste como un buen presagio. El portero del edificio no estaba, probablemente la gente que te había contratado se había encargado de ello, aunque bien podría haberse tomado el día. No reparaste en esa cuestión; subiste por las escaleras hasta el décimo piso totalmente a oscuras (a lo mejor es cierto eso que dicen de tu visión felina). Antes de llegar al décimo escuchaste un ruido y te quedaste inmóvil, oculto en la penumbra, como si en la oscuridad fueras más que invisible, transparente, aunque parezca lo mismo. Te horrorizaste. ¿Habría alguna persona allí o solo fue un ruido de las cañerías? No podías distinguir, estabas paralizado, toda la misión se podía ir al tacho, al abismo, junto con vos y tu nombre y tu reputación y...

No habrán sido más de cinco minutos los que estuviste estatuado en la oscuridad, sin que se repitiera aquel ruido o que se escuchara otro diferente. El edificio seguía en sombras. Decidiste seguir avanzado y te alegraste al no ver a nadie allí, seguramente hiciste una de esas muecas que para vos son una sonrisa o exclamaste algo en tono de felicidad, pero no creo porque tenías que ser muy cauteloso. De todos modos estoy seguro de que te regocijaste inmensamente por dentro.

El departamento “C” estaba al final del pasillo, te sacaste los zapatos para que tus pasos no retumbaran y así poder acercarte con el mayor sigilo posible. Indudablemente tus sentidos estaban agudizados al máximo. Te arrimaste a la puerta y te cercioraste de que no había peligro si entrabas en ese momento. Forzaste la cerradura y antes de abrir comprobaste que las balas estuvieran en su sitio, a esa altura del asunto no podías dejar nada librado al azar.

Entraste. Cerraste la puerta con la delicadeza de una flor o de una mariposa. Miraste para todos lados y no viste a nadie, eso estaba bien, o eso creías. Avanzaste por el pasillo hasta el comedor, no sin antes revisar el baño y la cocina que estaban vacíos. Un olor a carne al horno con papas noissete: quizá pensaste que después tendrías tiempo de comer algo.

“El diputado Vanegas hará su declaración mañana a primera hora por el asunto del contrabando de armas que involucra al ex-presidente…”. La radio estaba fuerte y ya la escuchabas desde antes de entrar al comedor, te extrañó que hubiese un aparato funcionando pero te acordaste de que también existen radios a pilas. Yo estaba sentando en el sillón al lado de la lámpara, con los ojos entrecerrados y casi dormido, tranquilamente podrías haberme disparado en la nuca y salir corriendo de allí. Probablemente lo pensaste; apuntaste y hasta quién dice posaste los dedos en el gatillo y estuviste a punto de disparar. Pero vos te conocés mejor que nadie y sabés que tenés que controlar todo, y todo debe que salir a la perfección. Miraste a derecha e izquierda, arriba y abajo, observaste todos los puntos de la casa y confirmaste que solo estábamos vos y yo. Vos y yo, y cuando me apuntaste en la frente y estuviste a punto de soltar el gatillo te aterrorizaste, un horror atroz invadió tu cuerpo, no gritaste pero diría que aullaste por dentro, seguramente tu corazón se detuvo y estalló, habías planeado todo y no pudiste desenredar lo complejo del asunto, “sin que nadie se dé cuenta” te habían dicho y vos tuviste que decir que sí porque tu orgullo es más grande que tu propio ser, dijiste que sí a pesar de la sensación que eso te causaba por dentro, sabías que estabas condenado a fracasar antes de aceptar, pero ya habías aceptado desde antes de que te lo dijeran, habías aceptado y ahora solo allí estábamos vos y yo y nadie más y te diste cuenta de que cuando soltases esa bala sobre mi cabeza y desaparecieras en la noche… “sin que nadie se dé cuenta” te habían dicho. Y te quedaste paralizado. ¿No es así?

¿Y ahora, qué vas a hacer?


sábado, 3 de abril de 2010

No es Lluvia, Mariano De María


Y cuando entonces ya no quede más nada con que pelear, vamos a pelear con el alma, por el simple hecho de pelear, por el simple hecho de no bajar los brazos. Entonces cae algo del cielo y no es lluvia. Buscamos entre las nubes pero no lo vemos, solo lo escuchamos. Algunos compañeros salen corriendo aunque sepan que es en vano, aunque no haya lugar donde escapar. Las noticias que nos llegan no son alentadoras, mucho menos lo es el panorama. Nos refugiamos donde podemos, algunos rezan oraciones, otros prefieren pensar, cada uno busca su paz como puede. Algo se mueve entre las sombras y nos formamos, disparamos al bulto con la esperanza de estar marcando una diferencia. Tenemos que creer en nuestra causa, debemos hacerlo porque si no ya perdería el sentido hasta respirar.

Muchos de los nuestros quieren perder, dicen llamarse héroes, dicen que eso liberaría a nuestros país de su propio veneno. Quizás tengan razón, pero no por eso podemos bajar los brazos, no podemos sucumbir, no podemos faltarnos el respeto entre nosotros. Nos tocó estar acá y debemos pelear, con el alma cuando el cuerpo caiga, con el corazón cuando el alma se duerma. En el cielo vuelve a llover, y nos tiramos al piso, todo aturde y cuesta pensar. Pero hay que levantarse, hay que seguir adelante, no podemos, no debemos detenernos. Tenemos que tener esperanza, tener fe, por los chicos que están peleando con nosotros, por los que se fueron, por los que quizás vengan. Una explosión me vuela el casco, caigo al piso y quedo tendido ahí por varios minutos. Uno de mis compañeros me ve y en su cara noto el dolor que comienzo a sentir en mi cuerpo. Busca algo en su mochila y venda mi brazo, yo le digo que me deje, que vaya a tomar refugio. Pero él no hace caso, me abraza y como podemos volvemos a los cuarteles, a ese pequeño rincón del infierno que llamamos hogar.

Y entonces la lluvia que no es lluvia para, y por unos pocos y cortos instantes volvemos a creer en el futuro, a creer en el mate con facturas y en mi vieja, en la radio relatando a Boca de fondo, en las jugadas de Brindisi y Maradona. Y ahora que la mañana vuelve a aparecer y salimos a recorrer la zona, me siento tan estúpido de haber festejado la caída, de haber gritado los goles, de haber colgado la foto en el living. Pero eso es pasado, y el presente es recorrer la zona, enterrar los cuerpos de los compañeros que ayer salieron corriendo, que ya no están. Siempre lo más rápido posible que en el cielo no hay nubes y en cualquier momento puede volver a caer la lluvia que no es lluvia.

Blog de Mariano (Dema): http://marianodemaria.blogspot.com
Twitter de MiniCuentos: http://twitter.com/MiniCuentos

domingo, 28 de marzo de 2010

El Espejo, Gustavo Yandros


Aquel hombre entró a una tienda que se hallaba a pocas cuadras de su departamento. Quería comprar un espejo para su dormitorio. El que tenía se le había roto hacía ya unos cuantos años.

Una vez allí mientras esperaba ser atendido se quedó contemplando el lugar. Le llamó la atención un espejo redondo que había en un costado, en el cual por su ubicación él no alcanzaba a ser reflejado. Pero si se reflejaban los demas espejos que había, las lámparas que colgaban del techo o el inmenso reloj que se hallaba en una pared.

De pronto, cuando una señora se detuvo frente a ese espejo, vió con enorme asombro que su figura no aparecía. Sino que aparecían y desparecían imágenes de tizas, niños corriendo, arroyos y árboles.Luego esta se fué y vino un señor de saco y corbata. Observó que este tampoco se reflejaba. En su lugar aparecían cheques, lujosos autos, botellas de wisky y varias mujeres.

Mas tarde hizo lo mismo un muchacho. Allí, del mismo modo que ocurría con los anteriores, se veía una cancha de fútbol repleta de gente, una casa humilde, pelotas, camisetas de diferentes clubes o aparatos de gimnasia.

Una vez que llegó su turno le preguntó al vendedor que era lo que tenía ese espejo para que aparezcan reflejados objetos en lugar de la gente que se ubicaba delante.
Y este tranquilamente le respondió que ese espejo era especial. En lugar de mostrar a cada uno fisicamente refleja como es interiormente, el tipo de vida que hace, a que se dedica, etc.

Ni bien supo de esta noticia tuvo miedo de ubicarse frente a este y abandonó la idea de comprarlo.

Cuando el vendedor se lo trajo para que lo viera de cerca se quedó enormemente avergonzado. El espejo se puso de un opaco color gris ademas de mostrar una pieza mugrienta y desordenada, ropas gastadas llenas de agujeros, sombras que caminaban tambaleándose y varias botellas de vino vacías.

Sin decir nada dio media vuelta y se fue.

Blog de Gustavo (Yangus): http://yangus00.blogspot.com/